viernes, 9 de diciembre de 2016

Mis obras: Serie Las aventuras de Patocho. Capítulo 5

—Sí, todito yo. ¡Soy 100% carne de pato! —respondió Patocho sin ninguna malicia.

—Sublime… —susurraron Burguernalds y McDoking en perfecta sincronía.

—Perdonen, señores, pero tengo prisa... he de ir a mi primera clase de canto, pues quiero ser un cantante famoso lo antes posible.

—Esas clases pueden ser muy aburridas y se hacen largas... nosotros asistimos a ellas en el pasado.

—¿Ah, sí?

—Hacemos cualquier cosa con tal de vender...Y bien, ¿no preferirías cantar hoy mismo en nuestros restaurantes?

Como hoy suena más corto que mañana, Patocho decidió acompañar a aquellos dos sinuosos individuos, mientras PepeGrill—O permanecía fuera de servicio.

De camino a sus restaurantes, Burguernalds y McDoking le prometieron a Patocho que juntos vivirían muchas aventuras, pero en realidad le llevaron a hacer mil travesuras: mojar gatos callejeros, salir corriendo tras llamar a los telefonillos de los edificios, fingir minusvalías al cruzar en rojo pasos de peatones de avenidas congestionadas, gritar canciones de rock siempre que un gitano les pasaba por al lado…

Pero justo cuando se disponían a ejecutar la peor de sus fechorías… ¡PLAS, PLAS! Unas buenas tortas a tiempo disuadieron a Burguernalds, McDoking y su joven aprendiz de continuar sus gamberradas. ¡Menos mal!

Al abrir los ojos con la cara todavía bien caliente, los tres maleantes se sorprendieron al ver a una mujer con cara de dulce niña... ¡pero con la mano más dura que una tabla! Aquella mujer con fire resultó ser la mismísima Edith Calamar.

La profesora de canto ahuyentó a correazos a Burguernalds y McDoking en tanto se llevaba a Patocho a su academia de canto.

Tras entrar en la escuela, Patocho reconoció su parte de culpa en las trastadas y su profesora, al conocer mejor el caso, le impuso un castigo de inmediato cumplimiento. No fue poca cosa... Edith le colocó a Patocho unos cascos que le obligaban a escuchar música clásica sin parar... pero de la regulera, que conste: unas piezas que consiguieron arrugarle a Patocho algo más que la frente.

Pocos compases bastaron para que Patocho cambiara de forma radical su actitud: rogó y suplicó de rodillas a Edith que apagara aquella música insufrible. Acabó reconociendo entre mil lágrimas que no estaba siendo bueno y, arrepentido, decidió buscar a su papá para contarle todo lo sucedido.



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