jueves, 2 de febrero de 2017

Mis obras: Serie Las aventuras de Patocho. Capítulo 8

—Aquí su querido reportero Walter Morales informando para nuestro maravilloso Rescátame Fresa. Como pueden ustedes comprobar, apreciados telespectadores, la expectación que ha generado el casting de Ballena Producciones es, osea, superasombrosa: la cola es más larga que un día sin wifi. Los ilusionados aspirantes acceden al majestuoso Auditorio, cogen su número en el amplísimo hall y luego tienen que ocupar su anónimo lugar en la kilométrica cola que conduce a un glamuroso local anexo al colosal Auditorio, donde están nuestros adorados jueces, expertos hipercualificados para evaluar a los cantantes aspirantes. Alrededor de la serpenteante cola se intensifica la actividad pues van y vienen los abnegados papis de los nerviosos jóvenes, que, obviamente, los animan, jalean y miman en todo momento. Normal, el futuro de la economía familiar depende de que sus adorables hijos triunfen cuanto antes, cosa que...

No hacía falta escuchar más: gracias al reportero, Patocho y PepeGrill—O entendieron que la misión de encontrar a Paco Chocolate se iba a complicar exponencialmente.

Por eso, PepeGrill—O instó a Patocho a actuar con rapidez. Y, por una vez, el muchacho obedeció: dribló a un gran número de jóvenes en pleno estribillo, se zafó de un puñado de padres con las emociones a flor de piel y así se pudo plantar frente al mostrador de información.

Cuando Patocho preguntó por su padre, la chica del mostrador fue bien clara:

—Cariño, alrededor nuestra hay casi dos mil quinientos jóvenes cantantes, sin repertorio propio, interpretando en bucle temas sensibleros de otros con el objeto de demostrar su singularidad delante de papis y jueces... ¿y quieres que te diga dónde está tu padre? Bueno, si mide dos metros igual...

—Entonces, ¿qué puedo hacer? —preguntó Patocho mientras se hundía en un abismo de inseguras improbabilidades.

—Amor, dime tu nombre. Empecemos por ahí…

—Pato Chocolate.

La chica hizo una búsqueda rápida en su dispositivo y sorprendida dijo:

—Anda, mira… vaya, vaya… resulta que tú estás inscrito. Ahora entiendo... rey, se ve que tu padre vino a inscribirte para guardarte el sitio… sí, sí... ¡seguro que está haciendo cola por ti!

—¡No sabe cómo me alegra oír eso! —dijo Patocho y besó la mejilla de la joven de forma inocente y espontánea.

—Ahora, corazón, siempre hay una parte mala: eres el último inscrito. Se ve que tu padre llegó justo antes de que cerraran el plazo de inscripción. En fin… has podido ser inscrito, encontrarás a tu padre… pero todos cantarán antes que tú.

—Entonces, si soy el último inscrito, ¿dónde está mi padre? ¿Por qué no lo vi al final de la fila?

—Nosotros sabemos dónde está tu padre —dijeron al unísono Burguernalds y McDoking tras desmarcarse del gentío–. Sólo tienes que acompañarnos un momento…

A Patocho, la propuesta de sus colegas de travesuras le sonó sospechosa, pero como deseaba tantísimo encontrarse con su padre, accedió a acompañarlos.




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